EDITORIAL | ¿Qué necesidad había?
Después del tiroteo ocurrido en Estados Unidos, donde dos miembros de la Guardia Nacional resultaron gravemente heridos, surge una pregunta que duele y pesa: ¿qué necesidad tenían estos jóvenes de arriesgar su vida patrullando una ciudad?
La Guardia Nacional está entrenada para escenarios de guerra, para misiones tácticas, para apoyo en situaciones de emergencia nacional. No para asumir el trabajo diario de un policía, que requiere otro tipo de preparación, protocolos y experiencia comunitaria. Sin embargo, ahí estaban: cumpliendo un rol que no les corresponde, expuestos en un terreno donde el riesgo es constante y donde, lamentablemente, la tragedia terminó alcanzándolos.
Es inevitable señalar que parte de esta situación recae sobre decisiones políticas, particularmente en la administración del expresidente Donald Trump, que acostumbró a desplegar fuerzas militares o semimilitares como si fueran simples piezas en un tablero político. Convertir a la Guardia Nacional en un cuerpo policial improvisado no solo desnaturaliza su misión, sino que pone vidas en peligro, como quedó demostrado.
Hoy, dos estadounidenses —jóvenes, con familia, con sueños— están entre la vida y la muerte por una decisión que jamás debieron enfrentar. Y el país entero observa en silencio cómo sus propios servidores pagaron un precio que no les correspondía pagar.
El episodio deja un sinfín de preguntas abiertas.
Preguntas sobre el uso de la fuerza.
Sobre la responsabilidad política.
Sobre el respeto a la vida de quienes juran servir a su nación.
Pero sobre todo, deja una verdad incómoda: cuando se usa la fuerza pública sin criterio, sin visión y sin humanidad, el costo siempre lo pagan los inocentes.
EDITORIAL | ¿Qué necesidad había?
Después del tiroteo ocurrido en Estados Unidos, donde dos miembros de la Guardia Nacional resultaron gravemente heridos, surge una pregunta que duele y pesa: ¿qué necesidad tenían estos jóvenes de arriesgar su vida patrullando una ciudad?
La Guardia Nacional está entrenada para escenarios de guerra, para misiones tácticas, para apoyo en situaciones de emergencia nacional. No para asumir el trabajo diario de un policía, que requiere otro tipo de preparación, protocolos y experiencia comunitaria. Sin embargo, ahí estaban: cumpliendo un rol que no les corresponde, expuestos en un terreno donde el riesgo es constante y donde, lamentablemente, la tragedia terminó alcanzándolos.
Es inevitable señalar que parte de esta situación recae sobre decisiones políticas, particularmente en la administración del expresidente Donald Trump, que acostumbró a desplegar fuerzas militares o semimilitares como si fueran simples piezas en un tablero político. Convertir a la Guardia Nacional en un cuerpo policial improvisado no solo desnaturaliza su misión, sino que pone vidas en peligro, como quedó demostrado.
Hoy, dos estadounidenses —jóvenes, con familia, con sueños— están entre la vida y la muerte por una decisión que jamás debieron enfrentar. Y el país entero observa en silencio cómo sus propios servidores pagaron un precio que no les correspondía pagar.
El episodio deja un sinfín de preguntas abiertas.
Preguntas sobre el uso de la fuerza.
Sobre la responsabilidad política.
Sobre el respeto a la vida de quienes juran servir a su nación.
Pero sobre todo, deja una verdad incómoda: cuando se usa la fuerza pública sin criterio, sin visión y sin humanidad, el costo siempre lo pagan los inocentes.